El blog de las entradas eternamente incompletas. Una amplia muestra de cómo la vacuidad de la rutina se reproduce a sí misma. Muchos ejemplos de cómo la falta de ingenio y de talento tratan de sacarse del hoyo jalándose los cabellos.



El villamelón sinfónico


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Villamelón sinfónico es el güey que va a los conciertos de la Orquesta Fulana para presumir que es bien culto y educado. Toca instrumentos de aire durante el concierto, pretende desde su butaca ayudarle al director a dirigir, y toquen lo que toquen siempre espera ansiosamente la última nota para aplaudir como energúmeno y gritar "bravos" con todas sus fuerzas. Eso, cuando atina a saber cuál es la última nota; es frecuente que suelte uno o dos aplausos antes de darse cuenta de que no ha terminado el movimiento, o de que sigue otro. Para él, cualquier cosa merece ovaciones de pie. Siempre dice que todas las obras de todos los conciertos le gustan, aunque no parece distinguir una de la otra. De hecho, frecuentemente mata el tiempo durante el concierto platicando con otro villamelón en voz "baja", mandando mensajes con la Blackberry, pensando en la lista del súper (se le ve la mirada en el infinito), o simplemente durmiendo. Nunca lee las notas del programa de mano, o las lee y con eso ya se siente un crítico consumado. Estalla de alegría cuando escucha alguna cosa que conoce (p. ej., las Cuatro Estaciones, el último movimiento de la Novena de Beethoven, O Fortuna de Carmina Burana, el Vals de las Flores de Tchaikovsky...). Pretende entrar a la sala en cualquier momento. No silencia el celular. No sabe que hay encore.